Los mandamientos – Domingo VI del Tiempo Ordinario

Dentro del sermón de la montaña aparece hoy el tema de los mandamientos, su vigencia, su importancia como camino de libertad. San Mateo, su evangelio, quiere tranquilizar a la comunidad a la que escribe. Son judíos convertidos al cristianismo y ya sabemos lo que significaba para un israelita la ley o la Torá atribuida a Moisés. Jesús no ha venido a borrar la ley y los profetas, a dejarla a un lado, no; su ley, la de Jesús, es la plenitud de la antigua ley.

¿En qué sentido Jesús supera o da perfección a la ley antigua? Para explicar bien su propósito, pone algunos ejemplos. El quinto mandamiento decía: no matarás. Sigue vigente, y el que mate será procesado. Pero Jesús añade que el que insulta, el que desprecia, el que abusa del otro, merece también ser castigado. No basta con no cometer adulterio físicamente. Es preciso respetar a la mujer, no verla como objeto de mi deseo. Se puede cometer adulterio con el pensamiento y el deseo. No jurar ni por el cielo ni por lo más sagrado. Recuperar el valor de la palabra, la integridad moral, huir de la falsedad y de la mentira, hoy tan de moda en nuestra sociedad. Dar noticias falsas es una mentira y, por tanto, es pecado. Jesús quiere hombres y mujeres transparentes. Nada de venganza, nada de «ojo por ojo y diente por diente». El discípulo es el que es capaz de perdonar y poner la otra mejilla. En definitiva, esta es la superación de la ley. No conformarse con cumplir, sino que la plenitud de la ley o del mandamiento es el amor.

Jesús está en contra de la actitud legalista, de cumplir al pie de la letra lo que decía la ley. Dirá que el sábado se ha hecho para el hombre y no al revés. Dirá que es primero reconciliarse con el hermano antes que la ofrenda en el altar. Hoy existe otro gran problema: el relativismo moral, ampliamente combatido por Benedicto XVI. Hay muchos que creen estar por encima de la ley o de los mandamientos. Es bueno o malo lo que yo digo, o lo que a mí me parece. No hay para ellos normas objetivas. Incluso se creen con derecho de disponer de la vida de los demás porque así les apetece. Esto es lo que significa saltarse el precepto y enseñárselo a los hombres. Ponerse por encima del mandamiento y de Dios. Así nacen los autoritarismos, dictaduras y desprecio a la dignidad humana. Dice la primera lectura: Dios pone delante de ti el agua y el fuego. ¡Elige bien el camino! Feliz domingo.

Fr. Jacinto Anaya, oar

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