La sal y la luz – Domingo V del Tiempo Ordinario

El domingo pasado Jesús nos regaló las bienaventuranzas, la manera de vivir el reino de Dios en contraposición del reino del mundo. En el evangelio de hoy Jesús habla a los discípulos, a los más cercanos. Esos discípulos ya forman parte del reino de Dios, porque han dejado sus barcas, su familia y han seguido a Jesús. Por tal motivo, Jesús les dice hoy que ellos son la sal y la luz. La sal parece algo insignificante, le damos poca importancia hoy, pero en la antigüedad era un bien muy apreciado. Incluso se pagaba a los soldados con sal, de ahí viene la palabra salario. Además, la sal sirve para dar sabor y para conservar los alimentos de la corrupción.

Les dice también que ellos, los discípulos, son la luz del mundo y deben brillar ante los demás. La luz se enciende para que se vea y se pone en lo alto y no se oculta debajo de la cama. Jesús es la luz del mundo, nos dice san Juan, pero el discípulo recibe la luz de Cristo ya desde su bautismo. Además, lo primero que creó Dios fue la luz para disipar las tinieblas. Pues bien, aquí tenemos lo que Jesús quiere de sus discípulos, que sean la sal y la luz del mundo. El discípulo ha de poner el sabor del reino de Dios en medio del mundo y ha de conservar lo esencial, el amor primero. Ha de ser luz que se pone en lo alto, que no se oculta, que ilumina las sombras, que marca el camino a seguir.

Pero Jesús nos da dos avisos importantes: la sal puede perder su sabor y no servir para nada, y la luz se puede ocultar, esconder, o incluso apagar. Dos peligros para el cristiano, para el discípulo: perder el sabor y ocultar la luz. Por desgracia, esta es la realidad de muchos que se llaman o nos llamamos cristianos: hemos perdido el sabor y no hemos conservado el amor primero. Hemos ocultado la luz por las preocupaciones y el miedo a que nos vean y la oscuridad comienza a ser más fuerte que la luz. En resumen, siendo sal y luz del mundo daremos gloria al Padre que está en los cielos. Que seamos la sal que da sabor y la luz que disipa las tinieblas. Feliz y bendecido domingo.

Fr. Jacinto Anaya, oar

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