
Domingo tercero de cuaresma, camino hacia la Pascua. El agua es necesaria para la vida. El pueblo de Israel en el desierto murmuró contra Dios porque no tenían agua. Por medio de Moisés brotó agua de la roca y el pueblo apagó su sed. Jesús se acerca a un pozo de agua en Samaría, el pozo de Jacob. Jesús tenía sed, el camino había sido largo y polvoriento. Tiene lugar un encuentro, buscado por Jesús: una mujer samaritana viene a sacar agua del pozo. Jesús le ofrece no el agua de ese pozo sino un agua viva que sólo él puede dar. “Si supieras el don de Dios, si conocieras quién te pide de beber”.
Aquella mujer era una pecadora, había tenido cinco maridos y ahora tenía un sexto marido. Una mujer con sed de amor que no encontró en ninguno de los seis. Pero tuvo la suerte de encontrarse con Jesús, un hombre diferente. Es un judío que no tiene reparo en hablar con una mujer samaritana. Los judíos y samaritanos no se llevaban bien por cuestiones religiosas. Un hombre que le dice todo lo que ha hecho en su vida. Un hombre que tiene sed, pero no del agua del pozo, sino que ofrece un agua para toda la vida.
Aquella mujer va descubriendo en la conversación con Jesús algo nuevo. Descubre que aquel hombre es un profeta. Luego da paso a la esperanza de un Mesías y ese Mesías es el que está hablando con ella. El encuentro con Jesús le devuelve la ilusión y se olvida del agua del pozo y corre al pueblo a anunciar que se ha encontrado con alguien que le ha dicho su vida y que puede ser el Mesías esperado. Se convierte en mensajera de la buena noticia.
También nosotros sentimos sed, tenemos necesidad del agua pura, del agua viva que sólo Jesús nos puede dar. Con frecuencia el hombre busca saciar su sed en los pozos de aguas turbias, estancadas, que no pueden quitar la sed de amor, de felicidad, de vida plena. Vamos de un pozo a otro buscando y nos damos cuenta de que la sed sólo la puede calmar Jesús, el Señor. “Si conociéramos el don de Dios”, nos dice hoy Jesús. Acércate al pozo, al manantial de vida, Jesús te está esperando para que apagues tu sed. Busca a Jesús y pídele el agua viva. Feliz domingo.
Fr. Jacinto Anaya, oar


